“El camino hacia la democracia”

EDITORIAL

El Magreb es un término que agrupa a los países situados en la parte norte del continente africano y que significa,  “donde se pone el sol”. Desde el pasado 17 de diciembre de 2010 parece que este significado, ha cobrado notoriedad al dar el pistoletazo de salida al ocaso de los diferentes regimenes dictatoriales. Parece que “el sol se ha puesto” para estos gobiernos de políticas anquilosadas y restrictivas, para dar paso a las primeras reformas y cambios de lo que podríamos denominar como el germen de la democracia.

Occidente ahora aplaude esta ola de cambio y progreso, pero antes de que se iniciaran las revueltas, era conocedor de los gobiernos establecidos en estos países y de sus políticas, en parte, “financiadas moral y económicamente” por muchos de los que en estos meses se han llevado las manos a la cabeza, fingiendo un “falso” asombro ante unas revueltas que ya esperaban.

Si echamos un vistazo a los últimos veinte años, comprobamos que países como Túnez, Egipto, Siria, Libia o Yemen entre otros, observamos el arraigo de gobiernos excluyentes que ha conseguido suprimir prácticamente los partidos políticos. Con esto, han conseguido eliminar una oposición política que rebata y discuta las medidas tomadas por el gobierno. Como consecuencia directa, han derivado en políticas restrictivas que han cercado la libertad de expresión hasta hacerla desaparecer prácticamente, sustituyéndola por la censura. Han generado fuertes y marcadas desigualdades sociales, convirtiendo a la sociedad en extremos de opulenta y minoritaria riqueza frente a una gran miseria y pobreza.

En algunos de estos países, estos regimenes perviven desde hace más de cuatro décadas. Alimentados por una sociedad profundamente anclada en el Islam y cuyos gobiernos, en muchos casos, se han aislado del resto del mundo. La historia demuestra que este tipo de situaciones termina por “explotar de alguna manera”. Encontramos multitud de ejemplos en Europa, Asia, EEUU o zonas de América Latina, en los cuales, la sociedad a terminado por cansarse y lanzarse en contra de sus gobiernos para obtener un cambio, negado durante mucho tiempo. En el caso de la transformación que esta viviendo la zona de magreb, dos han sido los factores fundamentales para este cambio: las nuevas generaciones y las tecnologías.

La emergencia de una sociedad civil democrática, autónoma y espontánea en el mundo árabe es la gran novedad de estos procesos. Cansados de décadas de políticas restrictivas orientadas al enriquecimiento de unos pocos y del aislamiento internacional, han hecho tambalearse los cimientos de estos regímenes.

Lo difícil no es cambiar, sino lograr mantener ese cambio. Algunos de estos países como Libia están inmersos en un conato de guerra civil con intervención militar dela Comunidadinternacional. Otros como Yemen o Siria, aún permanecen convulsos ante la negativa de sus dirigentes de asimilar el proceso de cambio y escuchar a sus ciudadanos. Pero empiezan a aparecer los primero brotes de esperanza hacia la transición democrática.

Aún no se sabe quién conducirá el proceso de transición hacia la ansiada democracia y si la sociedad conseguirá construir en poco tiempo unos partidos capaces de ofrecer una alternativa política. Los únicos partidos que han ofrecido una cierta solidez estructural, han sido los islamistas, como es el caso de Túnez, donde se proponen “conquistar la hegemonía dentro de la sociedad civil”. Sus proyectos aún son a largo plazo: “primero quieren dominar la sociedad, tradicionalizar el sistema de usos y costumbres, para luego vencer democráticamente en las elecciones, según el modelo turco”.

Pero esto no va a ser fácil. La sociedad no permitirá tan fácilmente otra imposición política por un motivo de vital importancia: las revoluciones han sido originadas por jóvenes. Nuevas generaciones que no muestran afiliación religiosa o política alguna y cuyas reivindicaciones pasan por la libertad de expresión y el cese de la figura del dictador.

Tras analizar los diferentes aspectos de la cultura árabe, la conclusión es clara: estos jóvenes son el motor de la revolución cuya cultura política no es heredada, si no impuesta por regímenes basados en la fuerte contradicción entre la libertad que se les niega en sus vidas y actos cotidianos, frente a la irrefrenable libertad de la que los jóvenes disfrutan con Internet (blogs, redes sociales). Las nuevas tecnologías son su herramienta, su arma para abrirse paso en primer lugar dentro de sus sociedades y en segundo, para que el resto del mundo escuche sus hasta hoy, apagadas y agónicas voces que proclaman el lema de una libertad, que no van a permitir que nuevos grupos integristas aplasten bajo un manto de “aparente democracia”.


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