El fin de las dictaduras en el Magreb

La ola de cambios que sacude desde hace unos meses a los países norte africanos, cambia por completo el escenario internacional.

El pasado 17 de diciembre de 2010 en la ciudad de Sidi Bouzid (Túnez), Mohamed Bouazizi, un joven informático de 26 años se quemaba a lo bonzo ante las puertas de un edificio oficial. Este acto de inmolación fue su forma de protestar ante la pérdida de su único sustento (un puesto de verduras) al carecer de las licencias pertinentes.

La muerte de Mohamed era el reflejo de la situación insostenible que atravesaba Túnez. Tras la mayor subida de precios de los alimentos y servicios básicos, gran parte de la población ya no podía acceder a ellos. El gobierno, encabezado por Zine El Abdine Ben Ali, prometió reforzar las políticas de creación de empleo y atacar la fuerte crisis económica. No fue sufriente. El 14 de enero de 2011, las continuas protestas obligaron al líder tunecino a huir a Arabía Saudita, con el consiguiente derrocamiento del régimen de Ben Alí, tras más de 23 años en el poder.

Bajo el firme gobierno de Ben Alí, EEUU y Europa, calificaban la región como uno de los países más tranquilos y estables del magreb. Los tunecinos no pensaban igual, y el derrocamiento del para muchos dictador y las 219 muertes con las que se saldaron las protestas, reflejaban que era el caldo de cultivo de un fenómeno, del que Túnez, sólo era el principio.

A partir de este momento, se produjo un efecto dominó. Haciendo un breve repaso histórico, todos los países que conforman el magreb son ex colonias de países europeos. Cuando se llevo a cabo el proceso descolonizador, las metrópolis europeas abandonaron estos países en diferentes condiciones sociales, económicas y políticas. El principal problema que occidente encuentra en estos, es que en su “reciente” formación como países independientes, no han sabido diferenciar la política de la religión (El Islam). Este hecho, viene motivado por la falta de las revoluciones liberales (como por ejemplo la Revolución Francesa o la Americana), que permitieron a occidente, separar ambos conceptos y hacerlos independientes.
A esta situación, debemos sumarle que la mayor parte se encuentran bajo la mano de dictadores que ostentan el poder en períodos comprendidos de entre 20 y 30 años.

Las nuevas generaciones, cansadas de conocer la vida únicamente bajo las estrictas normas del mismo régimen dictatorial, son las que han tomado la iniciativa. Con la perspectiva de un futuro incierto y un presente precario, utilizaron la protesta como plataforma para hacerse oír, El resultado obtenido en Túnez, provocó un efecto dominó en todo el norte de África.

A Túnez, le siguió la caída del presidente egipcio, Hosni Mubarak, a pesar de ganar las elecciones (con bastantes irregularidades) del 28 de noviembre de 2010. La fuerte crisis económica que atraviesa el país sumado a las altas tasas de paro juvenil (el 90 % de los jóvenes menores de 30 años no tiene trabajo), el difícil acceso a la vivienda y la falta de acceso a la formación, son sólo algunos indicadores. Con los antecedentes de ser uno de los países que menos se ha integrado en la economía global, dentro de un marco político dominado durante más de 30 años por el régimen dictatorial de Mubarak, las revueltas en Túnez fueron la mecha que necesitaba la población egipcia.

Tras el derrocamiento de Mubarak y unas violentas protestas que se saldaron con 365 muertos, Egipto, puede considerarse ahora un país en vías de cambio político.

La siguiente ficha en caer: Libia. Los rebeldes, en contra del régimen de Muamar El Gadafi, iniciaron las protestas y revueltas contra el gobierno, animados por los éxitos conseguidos en Túnez y Egipto. Pero en este caso, las cosas son diferentes. Tanto Ben Alí como Mubarak intentaron reprimir las protestas, pero no hasta el punto de Gadafi. Ante la máxima del dictador libio de morir antes que abandonar el poder, y con la mayor parte del ejército de su lado, ataco a su propio pueblo. Comenzó con los bombardeos sobre la capital del país, Trípoli y los ataques a los rebeldes no cesaron. Anunciando que castigaría con la muerte a sus opositores, comenzó una cruenta y salvaje represión contra el pueblo libio hasta el punto de reducir a los rebeldes a una única ciudad, Bengasi. Ante la horrible situación, la Comunidad Internacional, cansada de ser un simple espectador, tomo la decisión de intervenir. Pero ¿por qué intervenir ahora? Occidente ha mantenido relaciones comerciales, económicas e incluso acuerdos internacionales con la gran mayoría de estos dictadores, ahora derrocados. En cierto modo, occidente ha permitido la existencia de estas dictaduras durante décadas, quizás por no querer entrometerse en los asuntos internos de otras naciones o quizás por los propios intereses occidentales en materias como el petróleo o suculentos acuerdos comerciales. Sea cual sea el motivo, han decido intervenir en el momento preciso para frenarla matanza que Gadafi esta desarrollando contra su propio pueblo.

Con la operación, “Odisea del Amanecer”, encabezada por EEUU, Francia y Reino Unido, la Comunidad Internacional, entró en acción. La ONU estableció una zona de exclusión aérea donde los aliados realizan vigilancia y ataques aéreos a distintas posiciones del dictador libio. Hasta el momento, las cifras de muertos caídos en las revueltas oscilan entre los 500 y el millar, dependiendo de las fuentes.

Países como Yemen, Bahréin o Siria, son los encargados de tomar el relevo y ya han iniciado sus respectivas protestas contra sus opresivos gobiernos. El camino no es fácil y los muertos y heridos aumentan cada día, pero el resultado de estas revueltas es impredecible y por desgracia, conllevan un alto grado de sacrificio y lucha. La mecha de la libertad, del cambio y del proceso de democratización y posible acercamiento a occidente, ha prendido como la pólvora en toda la región.


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